El aire es caliente, las moscas zumban, los mosquitos llegan de improviso, intentan sacar el máximo provecho en sangre de sus incursiones, las arañas tejen sus telas entre las plantas, entre las vigas, las salamanquesas recorren la pared en busca de alimento, en la piscina se oye el griterío de los niños, el de los mayores jugando a ser niños, a veces se distingue el ruido de las ramas al moverse con el viento, suave ritmo envolvente.
Te miro. Has llegado con el desayuno, y te miro, respiro y te miro. ¿Qué siento? Me gustaría acercarme a ti, darte un beso, ir a la habitación, hacer el amor entre las sábanas, que las risas encnedieran la mañana, que los cuerpos se fundieran, que nuestro amor se llenara esta máñana de sexo. Pero no me atrevo. Noto que tú no estás receptiva. ¿Debo aun así intentar jugar contigo? Esa es la duda, esa es la duda siempre. Respiro de nuevo, y me dejo sentir. ¿Será el calor? El calor suena, se le oye sonar despacio entre las hojas, entre los pensamientos.
La tostada, untada con mermelada de naranja amarga, me resulta una amiga. Entro en ella, dejo que mi atención se centre en ser tostada, en estar en tu boca, en entrar en tu cuerpo, en formar parte de ti.
Sí, lo sé, es una visualización, una idea, un pensamiento: lo dejo ir, también. Se marcha junto con la sombra, que se va acortando, que se va trasladando, con esa sombra que desaparece también se va mi pensamiento tostada.
Te sientas con los pies cruzados, y de pronto tu atención sale de ti misma, miras alrededor, me ves, me miras, me preguntas, quieres saber qué voy a hacer luego, qué he pensado con respecto al viaje.
Te miro de nuevo. Cierro los ojos, respiro. Y solo digo: Te quiero.
EL BESO QUE DINAMITÓ AL FELIPISMO
Hace 1 hora.

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