martes 16 de agosto de 2011

hordas

El conductor del autobús le mira el billete al japonés, y le dice Barajas, tiene que ir al fondo, al fondo, la última. El japonés le mira, queriendo comprender. La última. la última, se lo repite despacio. Se baja del autobús, no sé si habrá llegado al suyo.
Las hordas de jóvenes con sombrero naranja y estandartes y banderolas se mueven sin ningún sentido aparente por todo Madrid: bajan del metro unos, suben otros, gritan, cantan, festejan. Parecen tropas dispuestas a las justas medievales. Los voluntarios, con boina guerrillera. Algunos con pañoletas scouts. Son miles, o lo parecen, y desprenden la alegría del encuentro multitudinario, de la adolescencia y juventud de tantos, los dejo pasar, voy despacio con mi rodilla.
Una propaganda de las JMJ nos invita a despertar: Despertad, dice. Pienso en lo diferente que es el despertar que preconizan del que yo persigo. Aunque también a través de la devoción se consigue, claro que sí, la devoción es como el amor, no pregunta, no cuestiona. Lo miro de nuevo, el papel: tiene estética de folleto de los apóstoles de jehová. ¿Habrán buscado esa coincidencia?
Las hordas de jóvenes están por todas partes: el uniforme más habitual incluye la camiseta blanca con el logo de las jornadas, pantalón corto, sandalias y sombrero naranja con enganches laterales y barbiquejo.
Estoy cansado, encuentro sitio en el metro, y sentado cierro los ojos relajo la mandíbula mientras en el andén los gritos se júbilo son más altos que los cánticos.
Cierran la puerta, y partimos.