Me ha encantado este libro que Don Delillo escribió en 1971: Americana. Lo publica aquí Circe, con traducción de Gian Castelli. Empieza así:
"Llegamos entonces al final de otro año aburrido y cetrino. Las tiendas lucían bombillas extendidas a lo largo de sus fachadas. Los vendedores de castañas empujaban sus carritos humeantes. Por las tardes, se creaban multitudes inmensas, y el tráfico alcanzaba las proporciones de un maremoto rugiente. Los papanoeles de la Quinta Avenida hacían sonar sus campanillas con peculiar y entristecedora delicadeza, como si estuvieran rociando con sal trozos de carne brutalmente putrefactos. De todos los comercios surgían canciones de propaganda, cánticos y hosannas, y las bandas del Ejército de Salvación proferían los marciales lamentos de trompetas de las antiguas legiones cristianas. Unidos con aquel chasquido de platillos y tambores que parecía sugerir que alguien reprendía a los niños por sus pecados insondables, conformaban un sonido, ajeno a aquel momento y lugar, que parecía irritar a la gente. Pero las muchachas mostraban un aspecto encantador e infatigable, comprando en las tiendas más disparatadas y desplazándose entre aquellas luces parpadeantes y magnéticas como majorettes, altas y rubicundas, sosteniendo relucientes paquetes contra sus tiernos senos. Nada de ello entorpecía el sueño del lazarillo del ciego, un pastor alemán.
Finalmente llegamos a casa de Quincy. Su mujer nos abrió la puerta. Le presenté a mi acmpañante, B.G. Haines, y comencé a contar las personas que había en la estancia. Mientras contaba, percibía de un modo distante que la esposa de Quincy y yo habíamos comenzado a hablar de la India. tenía la costumbre de contar a los presentes. La cuestión de cuánta gente había en un sitio determinado me parecía importante, quizá porque los informes periódicos sobre cfatástrofes subrayaban el número de muertos y desaparecidos; esa precisión es como una chispa de electricidad para las mentes abotargadas. después de eso, lo más importante es averiguar el grado de hostilidad, algo relativamente sencillo. Todo cuanto hay que hacer es devolver la mirada a las personas que te miran al entrar. Una larga ojeada suele bastar para obtener una lectura más o menos precisa. Había treinta y una personas en la estancia, de las que aproximadamente tres o cuatro eran hostiles."
David Bell, el protagonista, incia un viaje que bordea la locura, y a veces se introduce en ella. Comienza a rodar una película sobre sí mismo.
(Páginas 290-291)
"Me marché apresudaramente hacia el hotel con los bolsillos llenos de trozos de papel, tarjetas de archivador, hojas pulcramente dobladas, fragmentos pegados con cinta adhesiva, desperdicios aplastados y sin arrugar, qué basura y qué gozo, qué día granuloso, hijo de Godard y de la Coca-Cola.
Pregunté al recepcionista, en esta ocasión un viejo con el rostro azulado de venillas rotas, si podría localizar un televisor portátil en algún lugar del edificio. Lo necesitaba durante una hora, y estaba dispuesto a deslizar un billete de cinco dólares discretamente plegado en el bolsillo frontal de su recia camisa de venta por correo. Subió al cabo de un rato con él a cuestas: un aparotoso Motorola que transportaba como si se tratara de un herido al que no viera el momento de depositar en algún sitio. Lo enchufé, bajé el volumen al mínimo e instalé la Canon Scoopic sobre el trípode.
Al poco rato llegó Glenn Yost. Le di las gracias por dedicarme su hora de comer, explicándole que teníamos que rodar a primera hora de la tarde para obtener el tipo adecuado de programas y anuncios televisivos, y luego le dije que se leyera las páginas que le había preparado. Leeríamos mis preguntas y sus respuestas y las grabaríamos en cinta magnetofónica: él no aparecería en escena durante esta parte. Procuré hablar deprisa, para no darle tiempo a cambiar de opinión.
Estaban emitiendo un programa concurso, en el que intervenían un maestro de ceremonias de suaves movimientos deslizantes y jóvenes parejas casadas como concursantes. Se incluían frecuentes anuncios: los habituales espasmos diurnos sobre detergentes e hihiene bucal. Eso fue lo que filmé durante unos ocho minutos: la pantalla del televisor, interrumpiendo la grabación en dos ocasiones para recargar mientras Glenn y yo, en off, leíamos de las arrugadas y dispersas páginas del guión. Glenn empleó en todo momento un tono monótono.
- Vamos a hablar de modelos de cartas de ajuste. De ciertas formas de oscuridad. De un pequeño rincón del siglo XX.
- Tengo todas las respuestas.
- Y yo tengo todas las preguntas -dije-. Comenzamos del modo más sencillo: con un hombre que está viendo la televisión. Posiblemente, se está volviendo loco lentamente, por etapas, programa a programa, interrupción a interrupción. Pero sigue mirando. ¿Qué hay en esa caja? ¿Por qué la contempla?
- El televisor es un paquete lleno de productos. En su interior hay detergentes, automóviles, cámaras, cereales para el desayuno y otros televisores. Los programas no se ven interrumpidos por anuncios; más bien ocurre exactamente lo contrario. Un televisor no es más que una forma electrónica de embalaje. tan simple como eso. Sin los productos no hay nada. La televisión educativa es una tomadura de pelo. ¿Quién hay en América que quiera ver una televisión sin anuncios?"
EL BESO QUE DINAMITÓ AL FELIPISMO
Hace 1 hora.

2 comentarios:
La televisión está muy bien para hacer creer a los que no tienen una vida (¿enfermos? ¿impedidos? ¿asociales?) que la tienen. Lo jodido es cuando convence a los que podrían tener una vida de que jamás la tendrán. ¿Podría decirse lo mismo de Internet...?
Seguro que sí, helter, para lo bueno y para lo malo se parecen mucho. Me gusta más internet porque al menos te da opción de pensar: la tele no. pero el pensamiento de internet es corto, hiperactivo: enseguida salta de una cosa a otra
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