Hay verbos que desafían el imperativo: bailar, leer, ser. No se encuentran a gusto con las imposiciones: su motivación es el placer. Por eso son la base de las rebeldías. Por eso nadie quiere leer los libros que le mandan leer en el instituto.
Obsérvese a los bailarines, en este impresionante documento.
Este fin de semana me voy a la playa, a esa que a nadie gusta pero que está llena de todos, esa pobre playa mediterránea, tan dolida y dolorida, dolorosa y también golosa. Esa donde estás tú con los niños esperándome. Van a ser todas mis vacaciones de este año, así que las disfrutaré aunque llueva. Que no va a llover, dicen los del tiempo. El caso es que me he acordado de un sucedido, este ocurrió en las playas vizcaínas hace un año más o menos: estábamos toda la familia (los cinco) en la playa, jugando a palas, saltando, bañándonos, cuidando del bebé, haciendo el gamberro, vamos, lo que yo considero que es ir a la playa, cuando de pronto un hombre más cerca de los sesenta que de los cincuenta se acerca y nos pregunta: "¿Esos niños son suyos?". Respondemos que sí, suponiendo que han hecho algo que le ha podido al hombre molestar, un poco de arena sobre la toalla, un balón perdido que encuentra meta inesperada, una pelota de tenis que se escapa. Pero no. Nos mira y sonriendo pregunta: "¿Y cómo los han conseguido? Es que verán, mi hijo quiere tener unos y..." Nos miramos, le miramos, nos volvemos a mirar. ¿Qué le pasará a su hijo?, ¿que no sabe? "Pues verá, buen hombre, por el método tradicional". Aquí nos mira de nuevo, y ya un poco rojo, señala unos niños negros que jugaban cerca: "¿Pero esos no son...? ¿Pero no son esos...?". Ya entendemos, pensaba que los habíamos adoptado, comprado en el mercado de niños, y quería consejo. "No, no, los nuestros son aquellos". Se disculpó como pudo. No se lo tuvimos en cuenta. Todavía hoy me sonrío al recordarlo.
Esta mañana, en el metro, íbamos apretados, y con calor, el aire acondicionado también debía de estar de vacaciones. Una chica joven, con pinta de estudiante de secretaría modosita, se ha mareado. Al principio se negaba a admitir el asiento que le cedían, al final no pudo evitarlo: se caía casi. Una mujer con una blusa verde y una cara que me recordaba a una de mis enfermeras de Cruces, de la época en que yo las llevaba en coche al hospital (chófer de enfermeras entre mis varias ocupaciones), la atendió estupendamente: de hecho, al principio, varias mujeres le daban todo tipo de consejos (come, bebe, siéntate, quítate la música), pero todo el mundo se fue achicando ante la presencia sanadora de la mujer de verde (con cartucheras tipo Bonanza). La mujer de verde la cogió de la mano, le dio conversación, se ofreció a bajarse con ella (voy con tiempo, no te preocupes), la dejó sollozar, no sé si lloraba de emoción o de vergüenza o de una mezcolanza de todo. Se bajaron las dos como yo, en Gregorio Marañón (medio vagón se baja allí): la "enfermera" también fue conmigo hasta Avenida América. Casualidades. La chispa ha venido a la tarde: al coger yo el metro en Avenida América, he visto a la enfermera de verde cogerlo también. Hasta Gregorio, como yo. Y allí la línea diez. Se me ha pasado por la cabeza entablar conversación con ella, pero lo he dejado correr. Estaba cansado del trabajo. Aun así, me ha gustado volver a verla. Por eso le dedico este post.
Yo podía haber sido un alumno golosina, de esos que encantan a los profesores por su despierta inteligencia, por sus aptitudes para aprender, para memorizar. Mi parte zoquete sin embargo estaba en las ciencias: me había colocado a mí mismo en esa posición de pequeño -o dejé que lo hicieran, que no es lo mismo pero es igual-, y para cuando me enteré de que no era así, de que las mates eran divertidas, de que la física podía ser apasionante, ya era demasiado tarde: fue en las recuperaciones del verano de segundo de BUP, con dos profesores de la academia: Paco, el de Mates, y Manolo, el de física: gracias a ellos supe que yo podía saber de ciencias todo lo que me propusiera, porque ya era capaz de entenderlas: demasiado tarde sin embargo: ya había optado por el griego y el latín, literatura e historia del arte: la revelación me llegó tarde. Aun así, a pesar de mi abstrusidad científica, siempre recordaré a don Ramiro como el mejor profesor de mi infancia. Era el profesor de Dibujo. Con él no valía llamar a la asignatura de otra manera: era Dibujo, nada de Pretecnología u otras gaitas. Cada vez que explicaba algo, nos lo hacía entender, porque lo hacía fácil, lo vivía. Todavía recuerdo cómo hallar el medio de una recta: el ojo es perfecto en distancias pequeñas, siempre nos dirá dónde está el centro exactamente. Era don Ramiro bajo, muy bajo. Siempre vestido con traje y chaleco. Y una de sus frases: "Usted podría entregarme sus trabajos en papel de retrete (la palabra water estaba prohibida con él: si querías ir a mear tenías que decir retrete, o no había nada que hacer); al menos así valdrían para algo". Viene esto a mi cabeza a cuenta de esta noticia sobre un libro escrito en papel higiénico. Mi admiración por don Ramiro: uno de sus legados es el continuo deseo de aprender que él tenía y que me asombraba: un hombre que ya en mi infancia debía de haberse jubilado y que seguía dando clases a gañanes como nosotros y que seguía estudiando cada día, estudiando no solo cosas de su disciplina, sino de todo: esa pasión esa curiosidad que hace que la vida parezca tan llena de misterios de maravillas de alegrías de verdades ocultas a la vista de todos. En el extremo opuesto, mi profesora de Física de segundo de BUP. Recién salida de la facultad, encendía un cigarrillo con la colilla del anterior (sí, entonces se fumaba en clase, los profesores fumaban, vamos). Yo no la soportaba, y era mutuo. Pasé fuera de clase, expulsado, gran parte del curso. Pero un día estaba yo en clase, y se pudo a explicar algo, el qué concreto ya lo he olvidado. Solo sé que aquello no me cuadraba con una explicación que nos había dado don Ramiro. Y no lo dudé: me levanté y le dije: "Eso está mal". Me echó de clase. Al día siguiente, empero, me dio la razón. Ella se había equivocado. Me preguntó que cómo lo sabía. Se lo expliqué: "Don Ramiro nos había explicado esa idea en Dibujo, y no era como ella decía". El homenaje implícito a mi profesor, el desplante explícito a esa profesora, se me escapaban, o no creo recordar que me daba cuenta de ello. Ahora sí, en la distancia. Otros desplantes con ella me llevaron al director (cuando cogió un bolígrafo mío para tomar una nota, y yo, muy digno, lo cogí entre papeles, me levanté del asiento, crucé la clase -me sentaba en las últimas filas- y lo eché a la papelera): la vanidad me hace recordarlo con orgullo, pero también había mucho dolor. Me habría gustado ser profesor, al estilo don Ramiro. No lo hice, y aquí estoy. Pero me habría gustado, que conste.
Mi nombre es Juan Coullaut-Valera Jáuregui y soy psiquiatra. Me llamaron al Congreso, y allí fui. Estábamos hablando de la violencia de género, cuando algo blando se abrió paso entre mi cerebro y mi voluntad. Algo blando y viscoso, que me impregnó, me llenó, me catapultó. No pude pararlo. Y tampoco quise. Y lo dije: "La violencia del macho es terrible porque es violencia de agresividad y es física, pero la violencia de la mujer es relacional, es de relación con el otro". Y ya comencé a desbarrar, Y me reía, me reía de esa mujer tan guapa del partido que siempre me mira cuando voy a los congresos y cuando mi fundación le avisa de que tiene que pasarse por allí, y cuando la miro y sé que detrás de su mirada hay un deseo irresuelto de posesión, o detrás de mis palabras un río de magma que quema y que no puede detenerse, ahora ya no puede, es como la menstruación, violenta, pura, salvaje, ese deseo que me llena, Y lo dije, sí, lo dije: "Cuando la mujer tiene el período, se produce una disregulación anómala en el cual el ****** que es un producto químico, cambia 18 veces, la mujer se pone serotoninérgica, (es decir, fíjense en el dibujo que hace la serotonina, fíjense) en ese momento se producen trastornos gravísimos de la terquedad, de la inoportunidad. Eso, la mujer tiene que saber eso, para que evite todo eso, y el otro tiene que conocerlo, no empeñarse... y acaba eso mal". Ella me miraba, bueno, en realidad, todo el mundo me miraba, nadie comprendía a ciencia cierta qué estaba diciendo, ni por qué, ni para qué, ni siquiera a llevarme la contraria se atrevían, hatajo de estúpidos, es mi declaración de amor, mi desplante a la vida, mi venganza a la seriedad obligada, mi encumbramiento más inverso y radical. Mis últimas palabras: "Yo estoy encantado de estar aquí y decir estas tonterías". Sí, tonterías que despertarán sin embargo ampollas, que dejarán un eco largo, cuya sombra será más larga que la del famoso ciprés. No sé si podré contener la risa la próxima semana cuando nos juntemos a cenar.
Vibra el aire, brisa acorrentada que disimula el calor de la tarde, las cortinas se mueven al ritmo de los tambores descendentes, el domingo trasiega su profusa dedicación al ocio, detenido por el calor: si no tienes piscina no hay escape, en Madrid, en este sur de Madrid tórrido donde las noches de estío aprontan el deseo y el paseo atardan, donde la música se vulgariza en verbenas paralelotípicas y aun así la sonrisa al ver al bebé bailar se impone al chiste malo del cantante humorista, impronta de un tiempo que parece acelerar su cuesta abajo, de un espacio que se llena por momentos y nosotros nos vamos dejando huecos en representación nuestra, y nosotros caminamos cansados, abrazados, llevando el carro sin embargo, y sentimos que escapamos de ese tiempo antiguo que pronto pasará a ser viejo, de ese espacio que se repetirá pero ya no será el mismo: sentimos que es posible sobrevivir, mientras te miro el aire quieto por el calor se pregunta qué nos espera, no hay respuesta, el ahora se llena de respuestas, las respuestas se cubren de ahoras sentidos: Mankell hace que su personaje, Wallander, pueda decidir cómo se siente: no, Henning, no: el sentimiento está, solo podemos intentar descifrarlo si acaso, para emprender el logos de la vida, si es que existe, pero ni siquiera eso es necesario: el sentimiento que nos lleva está más cerca del futuro acalorado, de las plagas de mosquitos, de cucarachas, de hormigas, de medusas, de cotorras verdes que nos invaden y que han venido para quedarse con este calor con estas altas temperaturas, es una verdad meridional buscada por la gente de idioma blanco, vendida por las variantes africanas del norte y del centro, verdades acaso -pues son más de una- que quien las encuentra disfruta un tiempo como un helado, y luego se le derriten y le llenan y le engordan y ahora qué, te miran desafiantes y te preguntan, ¿y ahora qué?, ahora vamos a sentarnos a vivir, ahora vamos a vivir y a bailar y a besarte, que también eso es verdad eterna del ahora: tus besos que el calor ahogan