Esta mañana, en el metro, íbamos apretados, y con calor, el aire acondicionado también debía de estar de vacaciones. Una chica joven, con pinta de estudiante de secretaría modosita, se ha mareado. Al principio se negaba a admitir el asiento que le cedían, al final no pudo evitarlo: se caía casi. Una mujer con una blusa verde y una cara que me recordaba a una de mis enfermeras de Cruces, de la época en que yo las llevaba en coche al hospital (chófer de enfermeras entre mis varias ocupaciones), la atendió estupendamente: de hecho, al principio, varias mujeres le daban todo tipo de consejos (come, bebe, siéntate, quítate la música), pero todo el mundo se fue achicando ante la presencia sanadora de la mujer de verde (con cartucheras tipo Bonanza). La mujer de verde la cogió de la mano, le dio conversación, se ofreció a bajarse con ella (voy con tiempo, no te preocupes), la dejó sollozar, no sé si lloraba de emoción o de vergüenza o de una mezcolanza de todo. Se bajaron las dos como yo, en Gregorio Marañón (medio vagón se baja allí): la "enfermera" también fue conmigo hasta Avenida América. Casualidades.
La chispa ha venido a la tarde: al coger yo el metro en Avenida América, he visto a la enfermera de verde cogerlo también. Hasta Gregorio, como yo. Y allí la línea diez. Se me ha pasado por la cabeza entablar conversación con ella, pero lo he dejado correr. Estaba cansado del trabajo. Aun así, me ha gustado volver a verla. Por eso le dedico este post.
ODA A PORLOCK.- By Margaret Porlock.
Hace 3 horas

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