Yo podía haber sido un alumno golosina, de esos que encantan a los profesores por su despierta inteligencia, por sus aptitudes para aprender, para memorizar. Mi parte zoquete sin embargo estaba en las ciencias: me había colocado a mí mismo en esa posición de pequeño -o dejé que lo hicieran, que no es lo mismo pero es igual-, y para cuando me enteré de que no era así, de que las mates eran divertidas, de que la física podía ser apasionante, ya era demasiado tarde: fue en las recuperaciones del verano de segundo de BUP, con dos profesores de la academia: Paco, el de Mates, y Manolo, el de física: gracias a ellos supe que yo podía saber de ciencias todo lo que me propusiera, porque ya era capaz de entenderlas: demasiado tarde sin embargo: ya había optado por el griego y el latín, literatura e historia del arte: la revelación me llegó tarde.
Aun así, a pesar de mi abstrusidad científica, siempre recordaré a don Ramiro como el mejor profesor de mi infancia. Era el profesor de Dibujo. Con él no valía llamar a la asignatura de otra manera: era Dibujo, nada de Pretecnología u otras gaitas. Cada vez que explicaba algo, nos lo hacía entender, porque lo hacía fácil, lo vivía. Todavía recuerdo cómo hallar el medio de una recta: el ojo es perfecto en distancias pequeñas, siempre nos dirá dónde está el centro exactamente.
Era don Ramiro bajo, muy bajo. Siempre vestido con traje y chaleco. Y una de sus frases: "Usted podría entregarme sus trabajos en papel de retrete (la palabra water estaba prohibida con él: si querías ir a mear tenías que decir retrete, o no había nada que hacer); al menos así valdrían para algo". Viene esto a mi cabeza a cuenta de esta noticia sobre un libro escrito en papel higiénico.
Mi admiración por don Ramiro: uno de sus legados es el continuo deseo de aprender que él tenía y que me asombraba: un hombre que ya en mi infancia debía de haberse jubilado y que seguía dando clases a gañanes como nosotros y que seguía estudiando cada día, estudiando no solo cosas de su disciplina, sino de todo: esa pasión esa curiosidad que hace que la vida parezca tan llena de misterios de maravillas de alegrías de verdades ocultas a la vista de todos.
En el extremo opuesto, mi profesora de Física de segundo de BUP. Recién salida de la facultad, encendía un cigarrillo con la colilla del anterior (sí, entonces se fumaba en clase, los profesores fumaban, vamos). Yo no la soportaba, y era mutuo. Pasé fuera de clase, expulsado, gran parte del curso. Pero un día estaba yo en clase, y se pudo a explicar algo, el qué concreto ya lo he olvidado. Solo sé que aquello no me cuadraba con una explicación que nos había dado don Ramiro. Y no lo dudé: me levanté y le dije: "Eso está mal". Me echó de clase. Al día siguiente, empero, me dio la razón. Ella se había equivocado. Me preguntó que cómo lo sabía. Se lo expliqué: "Don Ramiro nos había explicado esa idea en Dibujo, y no era como ella decía". El homenaje implícito a mi profesor, el desplante explícito a esa profesora, se me escapaban, o no creo recordar que me daba cuenta de ello. Ahora sí, en la distancia. Otros desplantes con ella me llevaron al director (cuando cogió un bolígrafo mío para tomar una nota, y yo, muy digno, lo cogí entre papeles, me levanté del asiento, crucé la clase -me sentaba en las últimas filas- y lo eché a la papelera): la vanidad me hace recordarlo con orgullo, pero también había mucho dolor.
Me habría gustado ser profesor, al estilo don Ramiro.
No lo hice, y aquí estoy.
Pero me habría gustado, que conste.
Hablando de bueyes perdidos
Hace 1 hora.
