martes 14 de julio de 2009

don Ramiro

Yo podía haber sido un alumno golosina, de esos que encantan a los profesores por su despierta inteligencia, por sus aptitudes para aprender, para memorizar. Mi parte zoquete sin embargo estaba en las ciencias: me había colocado a mí mismo en esa posición de pequeño -o dejé que lo hicieran, que no es lo mismo pero es igual-, y para cuando me enteré de que no era así, de que las mates eran divertidas, de que la física podía ser apasionante, ya era demasiado tarde: fue en las recuperaciones del verano de segundo de BUP, con dos profesores de la academia: Paco, el de Mates, y Manolo, el de física: gracias a ellos supe que yo podía saber de ciencias todo lo que me propusiera, porque ya era capaz de entenderlas: demasiado tarde sin embargo: ya había optado por el griego y el latín, literatura e historia del arte: la revelación me llegó tarde.
Aun así, a pesar de mi abstrusidad científica, siempre recordaré a don Ramiro como el mejor profesor de mi infancia. Era el profesor de Dibujo. Con él no valía llamar a la asignatura de otra manera: era Dibujo, nada de Pretecnología u otras gaitas. Cada vez que explicaba algo, nos lo hacía entender, porque lo hacía fácil, lo vivía. Todavía recuerdo cómo hallar el medio de una recta: el ojo es perfecto en distancias pequeñas, siempre nos dirá dónde está el centro exactamente.
Era don Ramiro bajo, muy bajo. Siempre vestido con traje y chaleco. Y una de sus frases: "Usted podría entregarme sus trabajos en papel de retrete (la palabra water estaba prohibida con él: si querías ir a mear tenías que decir retrete, o no había nada que hacer); al menos así valdrían para algo". Viene esto a mi cabeza a cuenta de esta noticia sobre un libro escrito en papel higiénico.
Mi admiración por don Ramiro: uno de sus legados es el continuo deseo de aprender que él tenía y que me asombraba: un hombre que ya en mi infancia debía de haberse jubilado y que seguía dando clases a gañanes como nosotros y que seguía estudiando cada día, estudiando no solo cosas de su disciplina, sino de todo: esa pasión esa curiosidad que hace que la vida parezca tan llena de misterios de maravillas de alegrías de verdades ocultas a la vista de todos.
En el extremo opuesto, mi profesora de Física de segundo de BUP. Recién salida de la facultad, encendía un cigarrillo con la colilla del anterior (sí, entonces se fumaba en clase, los profesores fumaban, vamos). Yo no la soportaba, y era mutuo. Pasé fuera de clase, expulsado, gran parte del curso. Pero un día estaba yo en clase, y se pudo a explicar algo, el qué concreto ya lo he olvidado. Solo sé que aquello no me cuadraba con una explicación que nos había dado don Ramiro. Y no lo dudé: me levanté y le dije: "Eso está mal". Me echó de clase. Al día siguiente, empero, me dio la razón. Ella se había equivocado. Me preguntó que cómo lo sabía. Se lo expliqué: "Don Ramiro nos había explicado esa idea en Dibujo, y no era como ella decía". El homenaje implícito a mi profesor, el desplante explícito a esa profesora, se me escapaban, o no creo recordar que me daba cuenta de ello. Ahora sí, en la distancia. Otros desplantes con ella me llevaron al director (cuando cogió un bolígrafo mío para tomar una nota, y yo, muy digno, lo cogí entre papeles, me levanté del asiento, crucé la clase -me sentaba en las últimas filas- y lo eché a la papelera): la vanidad me hace recordarlo con orgullo, pero también había mucho dolor.
Me habría gustado ser profesor, al estilo don Ramiro.
No lo hice, y aquí estoy.
Pero me habría gustado, que conste.

lunes 13 de julio de 2009

Desbarre enamorado

Mi nombre es Juan Coullaut-Valera Jáuregui y soy psiquiatra. Me llamaron al Congreso, y allí fui. Estábamos hablando de la violencia de género, cuando algo blando se abrió paso entre mi cerebro y mi voluntad. Algo blando y viscoso, que me impregnó, me llenó, me catapultó. No pude pararlo. Y tampoco quise.
Y lo dije: "La violencia del macho es terrible porque es violencia de agresividad y es física, pero la violencia de la mujer es relacional, es de relación con el otro".
Y ya comencé a desbarrar, Y me reía, me reía de esa mujer tan guapa del partido que siempre me mira cuando voy a los congresos y cuando mi fundación le avisa de que tiene que pasarse por allí, y cuando la miro y sé que detrás de su mirada hay un deseo irresuelto de posesión, o detrás de mis palabras un río de magma que quema y que no puede detenerse, ahora ya no puede, es como la menstruación, violenta, pura, salvaje, ese deseo que me llena, Y lo dije, sí, lo dije: "Cuando la mujer tiene el período, se produce una disregulación anómala en el cual el ****** que es un producto químico, cambia 18 veces, la mujer se pone serotoninérgica, (es decir, fíjense en el dibujo que hace la serotonina, fíjense) en ese momento se producen trastornos gravísimos de la terquedad, de la inoportunidad. Eso, la mujer tiene que saber eso, para que evite todo eso, y el otro tiene que conocerlo, no empeñarse... y acaba eso mal". Ella me miraba, bueno, en realidad, todo el mundo me miraba, nadie comprendía a ciencia cierta qué estaba diciendo, ni por qué, ni para qué, ni siquiera a llevarme la contraria se atrevían, hatajo de estúpidos, es mi declaración de amor, mi desplante a la vida, mi venganza a la seriedad obligada, mi encumbramiento más inverso y radical.
Mis últimas palabras: "Yo estoy encantado de estar aquí y decir estas tonterías". Sí, tonterías que despertarán sin embargo ampollas, que dejarán un eco largo, cuya sombra será más larga que la del famoso ciprés.
No sé si podré contener la risa la próxima semana cuando nos juntemos a cenar.

domingo 5 de julio de 2009

domingo con Turangalila

Vibra el aire, brisa acorrentada que disimula el calor de la tarde, las cortinas se mueven al ritmo de los tambores descendentes, el domingo trasiega su profusa dedicación al ocio, detenido por el calor:
si no tienes piscina no hay escape, en Madrid, en este sur de Madrid tórrido donde las noches de estío aprontan el deseo y el paseo atardan, donde la música se vulgariza en verbenas paralelotípicas y aun así la sonrisa al ver al bebé bailar se impone al chiste malo del cantante humorista, impronta de un tiempo que parece acelerar su cuesta abajo, de un espacio que se llena por momentos
y nosotros nos vamos dejando huecos en representación nuestra, y nosotros caminamos cansados, abrazados, llevando el carro sin embargo,
y sentimos que escapamos de ese tiempo antiguo que pronto pasará a ser viejo, de ese espacio que se repetirá pero ya no será el mismo:
sentimos que es posible sobrevivir, mientras te miro el aire quieto por el calor se pregunta qué nos espera, no hay respuesta, el ahora se llena de respuestas, las respuestas se cubren de ahoras sentidos:
Mankell hace que su personaje, Wallander, pueda decidir cómo se siente: no, Henning, no: el sentimiento está, solo podemos intentar descifrarlo si acaso, para emprender el logos de la vida, si es que existe, pero ni siquiera eso es necesario:
el sentimiento que nos lleva está más cerca del futuro acalorado, de las plagas de mosquitos, de cucarachas, de hormigas, de medusas, de cotorras verdes que nos invaden y que han venido para quedarse con este calor con estas altas temperaturas, es una verdad meridional buscada por la gente de idioma blanco, vendida por las variantes africanas del norte y del centro, verdades acaso -pues son más de una- que quien las encuentra disfruta un tiempo como un helado, y luego se le derriten y le llenan y le engordan y ahora qué, te miran desafiantes y te preguntan, ¿y ahora qué?, ahora vamos a sentarnos a vivir, ahora vamos a vivir y a bailar y a besarte, que también eso es verdad eterna del ahora: tus besos que el calor ahogan

domingo 28 de junio de 2009

últimas lecturas

Me gustó la foto de la portada del libro. El título en español: Fragmentos de vida (Una educación nada sentimental), de Sybille Bedford, Ed. Salamandra. El título en inglés, Jigsaw. La traducción de títulos es así, no la he inventado yooooo.
Nos cuenta la autora su infancia y adolescencia, un tanto alcohólica y con problemas de autoestima, en un desperdicio de vida de una escritora cuyo mayor mérito es haber publicado la biografía de Huxley. Se centra sobre todo en su madre. Un libro tal vez terapéutico para ella, pero prescindible para los demás.
Después fui a la biblioteca, y vi una cosita corta de Georges Simenon, y no me resistí. La casa del canal, Ed. Tusquets, se lee fácil, pero los personajes están un poco desdibujados para mi gusto.
Al devolverlo encontré un libro de George Trackl. "Un libro de poemas en medio de los últimos best sellers", pensé. Bueno, no es para tanto, pero Sebastián en sueños y otros poemas, Ed. Galaxia Gutenberg, en traducción de Jenaro Talens, es un libro de poemas que vale la pena, aunque solo sea por decir que a veces la belleza también se puede no entender porque busca caminos paralelos. Intuyo familiaridad entre sus procesos mentales y los míos.
De repente en lo profundo del bosque, de Amos Oz, Ed. Siruela, es un cuento bien contado, con corrección y fácil de leer. Demasiada moralina para mí, sigo sin pillarle el punto a este hombre.
Para desintoxicarme, he cogido (y estoy con él) Pisando los talones, de Henning Mankell, Ed. Tusquets. Aquí Wallander está cerca de los cincuenta, con problemas de azúcar, y se siente solo. Mankell nunca me decepciona: es refrescante, divertido, y me engancha con su flujo mental.
(Noticias que quiero reseñar: Cristina García Rodero ha entrado en Magnum. Tienen suerte los de Magnum. Garoña se cerrará en 2011. Más vale tarde que nunca. Aunque con este ministro pronuclear -Sebastián-, no nos podemos fiar.)



sábado 27 de junio de 2009

conmigo los últimos treinta años

Cuando yo era niño, en casa teníamos una radio: mi madre la ponía a veces mientras tejía jerseyes y bufandas en su máquina; yo estaba haciendo los deberes, o leyendo un libro: por aquel entonces triunfaban las radionovelas (Simplemente María como epítome del género), la música de Elena Francis y su consultorio sigue grabada en mi memoria.
Yo tenía 16 años cuando descubrí una nueva emisora, con un programa a mediodía cuyo título asustaba a mi madre: No todo el monte es orgasmo. Comenzaba a andar Radio 3. Me enamoré de aquella emisora. Compartí amores un tiempo con Radio 2 (antes de ser Radio Clásica).
Manolo Ferreras, el magnífico Fernando Poblet, incluso Trecet, José Miguel López, Iñaki Peña, Carlos Galilea, Juan de Pablos, Lara López, Diego Manrique, y suma y sigue, suma y sigue. Parecía que los mejores se daban cita aquí, en esta emisora, puedo decir en mi emisora.
Supongo que debo sentirme viejo. Treinta años.
Debo de ser demasiado inconsciente, porque no es así.
La verdad, vivo cada día tan inconsciente de hacerme mayor, que solo en estos momentos en los que me pongo a rememorar me doy cuenta de que me estoy haciendo mayor.
Y Radio 3 me sigue acompañando, claro. Muchos ya no están: echo de menos a Manolo Ferreras, con Paloma y Ana, a Poblet,a Iñaki Peña, a Paco Montes; un poco a Trecet, sí, también a él: pero ahí siguen Jose Miguel López con Discópolis, Carlos Galilea con Los elefantes, Juan de Pablos y su eterno Flor de Pasión. Y los que alcanzo.
Ya te lo dije: quiero una radio con Radio 3.

miércoles 17 de junio de 2009

cada día es un aniversario

La consciencia te permite darte cuenta de lo que haces: pero lo sigues haciendo.
Soy consciente. Pues, y eso ¿me vuelve más responsable? Para conmigo mismo, sí, por supuesto.
Ser más responsable, sin embargo, no hace que deje de desear tu piel sobre la mía: ni siquiera el calor de estos últimos días aleja esa preeminencia del deseo, acaso lo convierte en más febril.
Tu piel sobre la mía es la forma de consciencia más hermosa que me inunda, cada noche, cada mañana. Tu boca que no conoce refugios. Tu cuerpo que es comunión con el mío. Y tú, cantando en mi imaginación, transformada en música. Y tú, tus manos abarcándome. Tu presencia vibrando. Los valles, no solo las cimas, son deseables.
El ritmo se relaja y se alarga como la sombra de la luna llena reflejándose en el charco de una lluvia de verano, tan torrencial como efímera.
La presencia se llena de tu plenitud. De la nuestra.
De mi amor por ti.
Te quiero.


sábado 13 de junio de 2009

teléfonos

He encontrado un nuevo trabajo: de teleoperador.
Me diréis que no es un puesto nada especial.
Pues os equivocáis:
primero hicimos un cursillo de doce días, eliminatorio.
Comenzamos quince. Lo acabamos nueve. Hicimos un examen. Nos cogieron a seis.
Como se me da bien eso de estudiar, fui el primero de la "promoción".
Ahora me levanto a las seis y media de la mañana.
Y llego a casa a las siete y media de la tarde.
Pero tengo un trabajo. Y eso me tranquiliza mucho.

Lo mejor del trabajo: el ambiente entre los compañeros. Aunque ya que la mayoría son mujeres, tal vez debería decir compañeras.

Las últimas lecturas: poco destacable: El viajero del siglo, de A. Neuman, premio Alfaguara 2009: una historia de amor donde se ve demasiado al escritor, para mi gusto. Aun así, agradable. Apta para los calores veraniegos. La pensión Eva, de A. Camilleri. Suave, ligera, refrescante, como una botella de Lambrusco. ¿Que no os gusta el Lambrusco? No pasa nada, no hay prestigio intelectual en juego.

Rabia: ahora que no puedo ir por el nuevo horario, se empeñan en llamarme de la agencia de interpretaciones casi a diario (me acaban de llamar mientras escribía el post -¡¡¡en sábado!!!- para ver si podía ir el lunes, grrrrrrrrrrrrr).
Si me preguntáis cómo llevo el (tremendo tremendo) calor de estos días: Bien, si no salgo de casa, gracias. Pero en cuanto piso la calle estoy empapado.
Eso sí, parece que la tomatera de la terraza lo agradece: ya tiene dos tomatitos verdes y prometedores entre sus ramas.

El vídeo musical de hoy: disculpad la deficiente calidad sonora: la importancia del documento estriba en que el artista es uno de mis nuevos compañeros en el nuevo trabajo: Xabi.